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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/140

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Horacio Quiroga

biera sido un juego; pero en la arcilla empapada las botas de un hombre exhausto resbalan sin avanzar, y aquellos siete kilómetros los cumplió Orgaz teniendo de la cintura abajo las tinieblas más densas, y más arriba, el resplandor de los focos eléctricos de Posadas.

Sufrimiento, tormento de falta de sueño zumbándole dentro de la cabeza, que parece abrirse por varios lados; cansancio extremo y demás, sobrábanle a Orgaz. Pero lo que lo dominaba era el contento de sí mismo. Cerníase por encima de todo la satisfacción de haberse rehabilitado,—así fuera ante un inspector de justicia. Orgaz no había nacido para ser funcionario público, ni lo era casi, según hemos visto. Pero sentía en el corazón el dulce calor que conforta a un hombre cuando ha trabajado duramente por cumplir un simple deber y prosiguió avanzando cuadra tras cuadra, hasta ver la luz de los arcos, pero ya no reflejada en el cielo, sino entre los mismos carbones, que lo enceguecían.

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