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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/141

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El techo de incienso

El reloj del hotel daba diez campanadas cuando el Inspector de Justicia, que cerraba su valija, vió entrar a un hombre lívido, embarrado hasta la cabeza, y con las señales más acabadas de caer, si dejaba de adherirse al marco de la puerta.

Durante un rato el inspector quedó mudo mirando al individuo. Pero cuando éste logró avanzar y puso los libros sobre la mesa, reconoció entonces a Orgaz, aunque sin explicarse poco ni mucho su presencia en tal estado y a tal hora.

—¿Y esto?—preguntó indicando los libros.

—Como usted me los pidió—dijo Orgaz.—Están en forma..

El inspector miró a Orgaz, consideró un momento su aspecto, y recordando entonces el incidente en la oficina de aquél, se echó a reir muy cordialmente, mientras le palmeaba el hombro:

—¡Pero si yo le dije que me los trajera por decirle algo nada más! ¡Había sido zonzo, amigo! ¡Para qué se tomó todo ese trabajo!

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