lo menos desconfiaba de mí. Y esto supongo que provino de cierto banquete con que los aristó cratas de la región—plantadores de yerba, autoridades y bolicheros—festejaron al poco tiempo de mi llegada una fiesta patria en la plaza de las ruinas jesuíticas, a la vista y rodeados de mil pobres diablos y criaturas ansiosas, banquete al que no asistí, pero que presencié en todos sus aspectos, en compañía de un carpintero tuerto que una noche negra se había vaciado un ojo por estornudar con más alcohol del debido sobre un alambrado de púa, y de un cazador brasileño, una vieja y huraña bestia de monte que después de mirar de reojo por tres meses seguidos mi bicicleta, había concluído por murmurar:
—Cavallo de pao...
Lo poco protocolar de mi compañía y mi habitual ropa de trabajo que no abandoné en el día patrio—esto último sobre todo,—fueron sin duda las causas del recelo de que nunca se desprendió a mi respecto el juez de paz.
Se había casado últimamente con Elena Pil-