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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/149

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La camara oscura

confianza y el recelo mismos; y por más provinciano que se sintiera en el Paseo de Julio, ninguno de nosotros hallaba en él madera ablandable por cuento alguno. Se ignoraba también la procedencia del chisme; había subido, seguramente, desde Posadas, como la noticia de su regreso y de su enfermedad, que desgraciadamente era cierta.

Yo la supe el primero de todos al volver a casa una mañana con la azada al hombro. Al cruzar el camino real al puerto nuevo, un muchacho detuvo en el puente el galope de su caballo blanco para contarme que el juez de paz había llegado la noche anterior en un vapor de la carrera al Iguazú, y que lo habían bajado en brazos porque venía muy enfermo. Y que iba a avisar a su familia para que lo llevaran en un carro.

—¿Pero qué tiene?—pregunté al chico.

—Yo no sé—repuso el muchacho.—No puede hablar... Tiene una cosa en el resuello...

Por seguro que estuviera yo de la poca voluntad de Sotelo hacia mí, y de que su decantada

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