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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/150

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Horacio Quiroga

enfermedad no era otra cosa que un vulgar acceso de asma, decidí ir a verlo. Ensillé, pues, mi caballo, y en diez minutos estaba allá.

En el puerto nuevo de Iviraromí se levanta un gran galpón nuevo que sirve de depósito de yerba, y se arruina un chalet deshabitado que en un tiempo fué almacén y casa de huéspedes. Ahora está vacío, sin que se halle en las piezas muy oscuras otra cosa que alguna guarnición mohosa de coche, y un aparato telefónico por el suelo.

En una de estas piezas encontré a nuestro juez acostado vestido en un catre, sin saco. Estaba casi sentado, con la camisa abierta y el cuello postizo desprendido, aunque sujeto aún por detrás. Respiraba como respira un asmático en un violento acceso―lo que no es agradable de contemplar. Al verme agitó la cabeza en la almohada, levantó un brazo, que se movió en desorden, y después el otro, que se llevó convulso a la boca. Pero no pudo decirme nada.

Fuera de sus facies, del hundimiento inson-

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