Lindito hizo parar el carro para bajar en casa a hablarme moviendo los brazos.
—¡Ah, señor! ¡Qué cosa! Nunca tuvimos en Misiones un juez como él. ¡Y era bueno, sí! ¡Lindito corazón tenía! Y le han robado todo. Aquí en el puerto... No tiene plata, no tiene nada.
Ante sus ojeadas evitando mirarme en los ojos, comprendí la terrible preocupación del polaco que desechaba como nosotros el cuento de la estafa en Buenos Aires, para creer que en el puerto mismo, antes o después de muerto, su yerno había sido robado.
—¡Ah, señor!—cabeceaba.—Llevaba quinientos pesos. ¿Y qué gastó? ¡Nada, señor! ¡El tenía un corazón lindito! Y trae veinte pesas. ¿Cómo puede ser eso?
Y tornaba a fijar la mirada en mis botas para no subirla hasta los bolsillos del pantalón, donde podía estar el dinero de su yerno. Le hice ver a mi modo la imposibilidad de que yo fuera el ladrón―por simple falta de tiempo,―y la vieja garduña se fué hablando consigo mismo.