arrastrando de una mano a su chico que gritó en todo el camino, y cargando en el otro a su infante de ocho meses. Como el trayecto era largo y los bueyes trotaban casi, cambió varias veces de brazo rendido con el mismo presuroso valor. Detrás, Corazón-Lindito recorría el séquito lloriqueando con cada uno por el robo cometido.
Se bajó el cajón en la tumba recién abierta y poblada de gruesas hormigas que trepaban por las paredes. Los vecinos contribuyeron al paleo de los enterradores con un puñado de tierra húmeda, no faltando quien pusiera en manos de la huérfana una caritativa mota de tierra. Pero Elena, que hamacaba desgreñada a su infante, corrió desesperada a evitarlo:
―¡No, Elenita! ¡No eches tierra sobre tu padre!
La fúnebre ceremonia concluyó; pero no para mí. Dejaba pasar las horas sin decidirme a entrar en el cuarto oscuro. Lo hice por fin, tal vez a media noche. No había nada de extraordinario para una situación normal de nervios en calma. Solamente que yo debía revivir al indivi-