sus brazos caídos hacia la extrema sequedad del suelo, tan duro que resonaba al menor choque.
Los días, unos tras otros, deslizábanse ahumados por la bruma de las lejanas quemazones, bajo el fuego de un cielo blanco hasta enceguecer, y a través del cual se movía un sol amarillo y sin rayos, que al llegar la tarde comenzaba a caer envuelto en vapores como una enorme brasa asfixiada.
Por las particularidades de su vida vagabunda, Anaconda, de haberlo querido, no hubiera sentido mayormente los efectos de la sequía. Más allá de la laguna y sus bañados enjutos, hacia el sol naciente, estaba el gran río natal, el Paranahyba refrescante, que podía alcanzar en media jornada.
Pero ya no iba el boa a su río. Antes, hasta donde alcanzaba la memoria de sus antepasados, el río había sido suyo. Aguas, cachoeras, lobos, tormentas y soledad, todo le pertenecía.
Ahora, no. Un hombre, primero, con su miserable ansia de ver, tocar y cortar, había emergido tras del cabo de arena con su larga pira-