chapa oxidada de cinc, que él, con su solo brazo y ayudado del muñón, cortaba, torcía, retorcía y soldaba con su enérgica fe de optimista. Así sabemos que la bomba de su caldera provino del pistón de una vieja locomotora de juguete, que el manco llegó a conquistar de su infantil dueño contándole cien veces cómo había perdido el brazo, y que los platos del alambique (su alambique no tenía refrigerante vulgar de serpentín, sino de gran estilo, de platos), nacieron de las planchas de cinc puro con que un naturalista fabricaba tambores para guardar víboras.
Pero lo más ingenioso de su nueva industria era la prensa para extraer el jugo de naranja.
Constituíala un barril perforado con clavos de tres pulgadas, que giraba alrededor de un eje horizontal de madera. Dentro de ese erizo, las naranjas rodaban, tropezaban con los clavos y se deshacían brincando; hasta que transformadas en una pulpa amarilla sobrenadada de aceite, iba a la caldera.
El único brazo del manco valía en el tambor medio caballo de fuerza,—aún a pleno sol de Mi-