las probabilidades de aclimatar la levadura de caña al caldo de naranja; en cuánto tiempo podría aclimatarse, y en qué porcentaje mínimo.
—Rivet conoce esto mejor que yo—murmuró Else.
—Con todo—insistió el manco.—Yo me acuerdo bien de que los sacaromices iniciales...
Y el buen manco se despachó a su gusto.
Else, con la boina sobre la nariz para contrarrestar la reverberación, respondía en breves observaciones, y como a disgusto. El manco dedujo de ellas que no debía perder el tiempo aclimatando levadura alguna de caña, porque no obtendría sino caña, ni al uno por cien mil. Que debía esterilizar su caldo, fosfatearlo bien, y ponerlo en movimiento con levadura de Borgoña, pedida a Buenos Aires. Podía aclimatarla, si quería perder el tiempo; pero no era indispensable...
El manco trotaba a su lado, ensanchándose el escote de la camiseta de entusiasmo y calor.
—¡Pero soy feliz!—decía.—¡No me falta ya nada!