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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/171

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Los destiladores de naranja

Else había ya contribuído a la industria con cuanto se sabe hoy mismo sobre fermentos; pero cuando el manco le pidió que dirigiera el proce— so fermentativo, el ex sabio se echó a reír, levantándose.

—¡Yo no entiendo nada de esto!—dijo recogiendo su bastón bajo el brazo. Y se fué a caminar por allí, más rubio, más satisfecho y más sucio que nunca.

Tales paseos constituían la vida del médico. En todas las picadas se lo hallaba con sus zapatillas sin medias y su continente eufórico. Fuera de beber en todos los boliches y todos los días, de 11 a 16, no hacía nada más. Tampoco frecuentaba el bar, diferenciándose en esto de su colega Rivet. Pero en cambio solía hallárselo a caballo a altas horas de la noche, cogido de las orejas del animal, al que llamaba su padre y su madre, con gruesas risas. Paseaban así horas enteras al tranco, hasta que el jinete caía por fin a reir del todo.

A pesar de esta vida ligera, algo había sin embargo capaz de arrancar al ex hombre de su

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