Un hombre común se hubiera rendido a medio camino. El manco no perdía un instante su alegre y sudorosa fe.
—¡Pero no nos falta ya nada!—repetía haciendo bailar a la par del brazo entero su muñón optimista: —¡Vamos a hacer una fortuna con esto!
Una vez aclimatada la levadura de Borgoña, el manco y Malaquías procedieron a llenar las cubas. El negro partía las naranjas de un tajo de machete, y el manco las estrujaba entre sus dedos de hierro; todo con la misma velocidad y el mismo ritmo, como si machete y mano estuvieran unidos por la misma biela.
Rivet los ayudaba a veces, bien que su trabajo consistiera en ir y venir febrilmente del colador de semillas a los barriles, a fuer de director. En cuanto al médico, había contemplado con gran atención estas diversas operaciones, con las manos hundidas en los bolsillos y el bastón bajo la axila. Y ante la invitación a que prestara su ayuda, se había echado a reir, repitiendo como siempre: