—¡Yo no entiendo nada de estas cosas!
Y fué a pasearse de un lado a otro frente al camino, deteniéndose en cada extremo a ver si venía un transeunte.
No hicieron los destiladores en esos duros días más que cortar y cortar, y estrujar y estrujar naranjas bajo un sol de fuego y almibarados de zumo desde la barba a los pies. Pero cuando los primeros barriles comenzaron a alcoholizarse en una fermentación tal que proyectaba a dos dedos sobre el nivel una llovizna de color topacio, el doctor Else evolucionó hacia la bodega caldeada, donde el manco se abría el escote de entusiasmo.
—¡Y ya está!—decía.—¿Qué nos falta ahora? Unos cuantos pesos más, y nos hacemos riquísimos!
Else quitó uno por uno los tapones de algodón de los barriles, y aspiró con la nariz en el agujero el delicioso perfume del vino naranja en formación, perfume cuya penetrante frescura no se halla en caldo otro alguno de fruta. El médico levantó luego la vista a las paredes,