carpa del camino, satisfechísimo de sí y con el bastón entre las manos,—incapaz de un solo movimiento.
La aventura se repitió una y otra vez, al punto de que el pobre manco desistió definitivamente de analizar su alcohol: el médico, rojo, lacrimoso y resplandeciente de euforia, era lo único que hallaba.
No perdía por ésto el manco su admiración por el ex sabio.
—¡Pero se lo toma todo!—nos confiaba de noche en el bar.—¡Qué hombre! ¡No me deja una sola muestra!
Al manco faltábale tiempo para destilar con la lentitud debida, e igualmente para desechar las flegmas de su producto. Su alcohol sufría así de las mismas enfermedades que su esencia, el mismo olor viroso, e igual dejo cáustico. Por consejo de Rivet transformó en bitter aquella imposible caña, con el solo recurso de apepú,—y orozú, a efectos de la espuma.
En este definitivo aspecto entró el alcohol de naranja en el mercado. Por lo que respecta al