fango. ¿Adónde había ido a pudrirse todo eso? ¿Qué cementerio vegetal sería capaz de contener el desagüe de todos los camalotes que un desborde sin precedentes vaciara en la sima de ese abismo desconocido?
Ella recordaba bien: crecida de 1883; inundación de 1894... Y con los once años transcurridos sin grandes lluvias, el régimen tropical debía sentir, como ella en las fauces, sed de diluvio.
Su sensibilidad ofídica a la atmósfera rizábale las escamas de esperanza. Sentía el diluvio inminente. Y como otro Pedro el Ermitaño, Anaconda lanzóse a predicar la cruzada a lo largo de los riachos y fuentes fluviales.
La sequía de su habitat no era, como bien se comprende, general a la vasta cuenca. De modo que tras largas jornadas, sus narices se expandieron ante la densa humedad de los esberos, planos de victorias regias, y al vaho de formol de las pequeñas hormigas que amasaban sus túneles sobre ellas.
Muy poco costó a Anaconda convencer a los