químico y su colega, lo bebían sin tasa tal como goteaba de los platos del alambique con sus venenos cerebrales.
Una de esas siestas de fuego, el médico fué hallado tendido de espaldas a través del desamparado camino al puerto viejo, riéndose con el sol a plomo.
—Si la maestrita no llega uno de estos días—dijimos nosotros,—le va a dar trabajo encontrar dónde ha muerto su padre.
Precisamente una semana después supimos por el manco que la hija de Else llegaba convaleciente de gripe.
—Con la lluvia que se apronta—pensamos otra vez, la muchacha no va a mejorar gran cosa en el bañado del Horqueta.
Por primera vez, desde que estaba entre nosotros, no se vió al médico Else cruzar firme y apresurado ante la inminente llegada de su hija.
Una hora antes de arribar la lancha fué al puerto por el camino de las ruinas, en el carri-