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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/183

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Los destiladores de naranja

Durante muchas horas, ante el fuego y con el mate inerte en la mano, el médico tuvo conciencia de su estado. Vió, arrancó y desenredó tranquilo más víboras de las que pueden pisarse en sueños. Alcanzó a oir una dulce voz que decía:

—Papá, estoy un poco descompuesta... Voy un momento afuera.

Else intentó todavía sonreir a una bestia que había irrumpido de golpe en medio del rancho, lanzando horribles alaridos,—y se incorporó por fin aterrorizado y jadeante: Estaba en poder de la fauna alcohólica.

Desde las tinieblas comenzaban ya a asomar el hocico bestias innumerables. Del techo se desprendían también cosas que él no quería ver.

Todo su terror sudoroso estaba ahora concentrado en la puerta, en aquellos hocicos puntiagudos que aparecían y se ocultaban con velocidad vertiginosa.

Algo como dientes y ojos asesinos de inmensa rata se detuvo un instante contra el marco, y el médico, sin apartar la vista de ella, cogió un

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