levantar en brazos a la criatura y tenderla en el catre. Y al apreciar de una sola ojeada al vientre el efecto irremisiblemente mortal del golpe recibido, el desgraciado se hundió de rodillas ante su hija.
¡Su hijita! ¡Su hijita abandonada, maltratada, desechada por él! Desde el fondo de veinte años surgieron en explosión la vergüenza, la gratitud y el amor que nunca le había expresado a ella. ¡Chinita, hijita suya!
El médico tenía ahora la cara levantada hacia la enferma: nada, nada que esperar de aquel semblante fulminado.
La muchacha acabada sin embargo de abrir los ojos, y su mirada excavada y ebria ya de muerte, reconoció por fin a su padre. Esbozando entonces una dolorosa sonrisa cuyo reproche sólo el 'lamentable padre podía en esas circunstancias apreciar, murmuró con dulzura:
—¡Qué hiciste, papá!...
El médico hundió de nuevo la cabeza en el catre. La maestrita murmuró otra vez, buscando con la mano la boina de su padre: