—Pobre papá... No es nada... Ya me siento mucho mejor... Mañana me levanto y concluyo todo... Me siento mucho mejor, papá...
La lluvia había cesado; la paz reinaba afuera. Pero al cabo de un momento el médico sintió que la enferma hacía en vano esfuerzos para incorporarse, y al levantar el rostro vió que su hija lo miraba con los ojos muy abiertos en una brusca revelación:
—¡Yo me voy a morir, papá!...
—Hijita...—murmuró sólo el hombre.
La criatura intentó respirar hondamente, sin conseguirlo tampoco.
―¡Papá, ya me muero! Papá, hazme caso..una vez en la vida. ¡No tomes más, papá!... Tu hijita...
Tras un rato—una inmensidad de tiempo—el médico se incorporó y fué tambaleante a sentarse otra vez en el banco, mas no sin apartar antes con el dorso de la mano una alimaña del asiento, porque ya la red de monstruos se entretejía vertiginosamente.