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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/187

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Los destiladores de naranja

Oyó todavía una voz de ultratumba:

—¡No tomes más, papá!...

El ex hombre tuvo aún tiempo de dejar caer ambas manos sobre las piernas, en un desplome y una renuncia más desesperada que el más desesperado de los sollozos de que ya no era capaz. Y ante el cadáver de su hija, el doctor Else vió otra vez asomar en la puerta los hocicos de las bestias que volvían a un asalto final.

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