—No, pobrecitos...—sonrió Anaconda, cambiando una irónica mirada con los carpinchos, sentados a diez prudenciales metros. No los haremos ir tan lejos... Yo creo que un pájaro cualquiera puede venir desde allá en tres volidos a traernos la buena nueva...
— Nosotros no somos pájaros cualesquiera — dijeron los tucanes,—y vendremos en cien volidos, porque volamos muy mal. Y no tenemos miedo a nadie. Y vendremos volando, porque nadie nos obliga a ello, y queremos hacerlo así. Y a nadie tenemos miedo.
Y concluído su aliento, los tucanes miraron impávidos a todos, con sus grandes ojos de oro cercados de azul.
—Somos nosotros quienes tenemos miedo...
—chilló a la sordina una arpía plomiza esponjándose de sueño.
—Ni a ustedes, ni a nadie. Tenemos el vuelo corto; pero miedo, no—insistieron los tucanes, volviendo a poner a todos de testigos.
—Bien, bien...—intervino Anaconda, al ver que el debate se agriaba, como eternamente se