El acento de las serpientes fué siempre seductor. La selva, enardecida, se alzó en una sola voz:
—¡Sí, Anaconda! ¡Tienes razón! ¡Precipitemos la zona por el río! ¡Bajemos, bajemos!
Anaconda respiró por fin libremente: la batalla estaba ganada. El alma—diríamos—de una zona entera, con su clima, su fauna y su flora, es difícil de conmover; pero cuando sus nervios se han puesto tirantes en la prueba de una atroz sequía, no cabe entonces mayor certidumbre que su resolución bien hechora en un gran diluvio.
Pero en su habitat, a que el gran boa regresaba, la sequía llegaba ya a límites extremos.
—¿Y bien?—preguntaron las bestias angustiadas.—¿Están allá de acuerdo con nosotros? ¿Volverá a llover otra vez, dinos? ¿Estás segura, Anaconda?
—Lo estoy. Antes que concluya esta luna