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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/23

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El regreso de Anaconda

El acento de las serpientes fué siempre seductor. La selva, enardecida, se alzó en una sola voz:

—¡Sí, Anaconda! ¡Tienes razón! ¡Precipitemos la zona por el río! ¡Bajemos, bajemos!

Anaconda respiró por fin libremente: la batalla estaba ganada. El alma—diríamos—de una zona entera, con su clima, su fauna y su flora, es difícil de conmover; pero cuando sus nervios se han puesto tirantes en la prueba de una atroz sequía, no cabe entonces mayor certidumbre que su resolución bien hechora en un gran diluvio.

***

Pero en su habitat, a que el gran boa regresaba, la sequía llegaba ya a límites extremos.

—¿Y bien?—preguntaron las bestias angustiadas.—¿Están allá de acuerdo con nosotros? ¿Volverá a llover otra vez, dinos? ¿Estás segura, Anaconda?

—Lo estoy. Antes que concluya esta luna

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