y tigres; camalotes y víboras; espumas, tortugas y fiebres, y el mismo clima diluviano que descargaba otra vez,—la selva pasó, aclamando al boa, hacia el abismo de las grandes crecidas.
Y cuando Anaconda lo hubo visto así, dejóse a su vez arrastrar flotando hasta el Paranahyba, donde arrollada sobre un cedro arrancado de cuajo, que descendía girando sobre sí mismo en las corrientes encontradas, suspiró por fin con una sonrisa, cerrando lentamente a la luz crepuscular sus ojos de vidrio.
Estaba satisfecha.
Comenzó entonces el viaje milagroso hacia lo desconocido, pues de lo que pudiera haber detrás de los grandes cantiles de asperón rosa que mucho más allá del Guayra entrecierran el río, ella lo ignoraba todo. Por el Tacuarí había llegado una vez hasta la cuenca del Paraguay, según lo hemos visto. Del Paraná medio e inferior, nada conocía.