riosamente los ojos al día de Misiones, en un confuso y casi desvanecido recuerdo de su primera juventud[1].
Tornó a ver la playa, al primer rayo de sol, elevarse y flotar sobre una lechosa niebla que poco a poco se disipaba, para persistir en las ensenadas umbrías, en largos chales prendidos a la popa mojada de las piraguas. Volvió aquí a sentir, al abordar los grandes remansos de las restingas, el vértigo del agua a flor de ojo, girando en curvas lisas y mareantes, que al hervir de nuevo al tropiezo de la corriente, borbotaban enrojecidas por la sangre de las palometas. Vió tarde a tarde al sol recomenzar su tarea de fundidor, incendiando los crepúsculos en abanico, con el centro vibrando al rojo albeante, mientras allá arriba, en el alto cielo, blancos cúmulos bogaban solitarios, mordidos en todo el contorno por chispas de fuego.
Todo le era conocido, pero como en la niebla de un ensueño. Sintiendo, particularmente de
- ↑ "Anaconda", 1921, Editorial Babel