noche, el pulso caliente de la inundación que descendía con él, el boa dejábase llevar a la deriva, cuando súbitamente se arrolló con una sacudida de inquietud.
El cedro acababa de tropezar con algo inesperado o, por lo menos, poco habitual en el río.
Nadie ignora todo lo que arrastra, a flor de agua o semisumergido, una gran crecida. Ya varias veces habían pasado a la vista de Anaconda, ahogados allá en el extremo Norte, animales desconocidos de ella misma, y que se hundían poco a poco bajo un aleteante picoteo de cuervos. Había visto a los caracoles trepando a centenares a las altas ramas columpiadas por la corriente, y a los annós rompiéndolos a picotazos. Y al esplendor de la luna, había asistido al desfile de los carambatás remontando el río con la aleta dorsal a flor de agua, para hundirse todos de pronto con una sacudida de cañonazo.
Como en las grandes crecidas.
Pero lo que acababa de trabar contacto con ella era un cobertizo de dos aguas, como el techo