luego, puesto que contra ellos estaba desencadenada la lucha.
Pero, a pesar de todo, Anaconda no se movía; y las horas pasaban. Reinaban todavía las tinieblas cuando la gran serpiente desenrollóse de pronto, y fué hasta el borde del embalsado a bender la cabeza hacia las negras aguas.
Había sentido la proximidad de las víboras en su olor a pescado.
En efecto, las víboras llegaban a montones.
—¿Qué pasa?—preguntó Anaconda.—Saben ustedes bien que no deben abandonar sus camalotes en una inundación.
—Lo sabemos—respondieron las intrusas.—Pero aquí hay un hombre. Es un enemigo de la selva. Apártate, Anaconda.
—¿Para qué? No se pasa. Ese hombre está herido... Está muerto.
—¿Y a ti qué te importa? Si no está muerto, lo estará en seguida... ¡Danos paso, Anaconda!
El gran boa se irguió, arqueando hondamente el cuello.
—¡No se pasa he dicho! ¡Atrás! He tomado