a ese hombre enfermo bajo mi protección. ¡Cuidado con la que se acerque!
—¡Cuidado tú!—gritaron en un agudo silbido las víboras, hinchando las parótidas asesinas.
—¿Cuidado de qué?
—De lo que haces. ¡Te has vendido a los hombres!... ¡Iguana de cola langa!
Apenas acababa la serpiente de cascabel de silbar la última palabra, cuando la cabeza del boa iba, como un terrible ariete, a destrozar las mandíbulas del crótalo, que flotó en seguida muerto, con el lacio vientre al aire.
—¡Cuidado!—Y la voz del boa se hizo agudísima.—¡No va a quedar víbora en todo Misiones, si se acerca una sola! ¡Vendida yo, miserables!... ¡Al agua! Y ténganlo bien presente: Ni de día, ni de noche, ni a hora alguna, quiero víboras alrededor del hombre. ¿Entendido?
—¡Entendido!—repuso desde las tinieblas la voz sombría de una gran yararacusú.—Pero algún día te hemos de pedir cuenta de esto, Anaconda.
—En otra época—contestó Anaconda,—rendí