Ir al contenido

Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/37

De Wikisource, la biblioteca libre.
Esta página ha sido corregida
El regreso de Anaconda

de su Anaconda. Hoy y siempre, soy y seré la fiel hija de la selva. Díganselo a todos así. Buenas noches, compañeras.

—¡Buenas noches, Anaconda!—se apresuraron a responder las hormiguitas. Y la noche las absorbió.

Anaconda había dado sobradas pruebas de inteligencia y lealtad para que una calumnia viperina le enajenara el respeto y el amor de la selva. Aunque su escasa simpatía a cascabeles y yararás de toda especie no se ocultaba a nadie, las víboras desempeñaban en la inundación tal inestimable papel, que el mismo boa se lanzó en largas nadadas a conciliar los ánimos.

—Yo no busco guerra—dijo a las víboras.—Como ayer, y mientras dure la campaña, pertenezco en alma y cuerpo a la crecida. Solamente que el embalsado es mío, y hago de él lo que quiero. Nada más.

Las víboras no respondieron una palabra, ni volvieron siquiera los fríos ojos a su interlocutora, como si nada hubieran oído.

3
33