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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/38

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Horacio Quiroga

—¡Mal síntoma!—croaron los flamencos juntos, que contemplaban desde lejos el encuentro.

—¡Bah! lloraron trepando en un tronco los yacarés chorreantes.—Dejemos tranquila a Anaconda... Son cosas de ella. Y el hombre debe estar ya muerto.

Pero el hombre no moría. Con gran extrañeza de Anaconda, tres nuevos días habían pasado, sin llevar consigo el hipo final del agonizante. No dejaba ella un instante de montar guardia; pero aparte de que las víboras no se aproximaban más, otros pensamientos preocupan a Anaconda.

Según sus cálculos—toda serpiente de agua sabe más de hidrografía que hombre alguno,—debían hallarse ya próximos al Paraguay. Y sin el fantástico aporte de camalotes que este río arrastra en sus grandes crecidas, la lucha estaba concluída al comenzar. ¿Qué significaban para colmar y cegar el Paraná en su desagüe, los verdes manchones que bajaban del Paranahyba, al lado de los 180.000 kilómetros cuadrados de camalotes de los grandes bañados de Xa-

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