rayes? La selva que derivaba en ese momento lo sabía también, por los relatos de Anaconda en su cruzada. De modo que cobertizo de paja, hombre herido y rencores, fueron olvidados ante el ansia de los viajeros, que hora tras hora auscultaban las aguas para reconocer la flora aliada.
¿Y si los tucanes—pensaba Anaconda—habían errado, apresurándose a anunciar una mísera llovizna?
—¡Anaconda!—oíase en las tinieblas desde distintos puntos. —¿No reconoces las aguas todavía? ¿Nos habrán engañado, Anaconda?
—No lo creo—respondía el boa, sombrío.—Un día más, y las encontraremos.
—¡Un día más! Vamos perdiendo las fuerzas en este ensanche del río. ¡Un nuevo día!...¡Siempre dices lo mismo, Anaconda!
—¡Paciencia, hermanos! Yo sufro mucho más que ustedes.
Fué el día siguiente un duro día, al que se agregó la extrema sequedad del ambiente, y que el gran boa sobrellevó inmóvil de vigía en su