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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/40

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Horacio Quiroga

isla flotante, encendida al caer la tarde por el reflejo del sol tendido como una barra de metal fulgurante a través del río, y que la acompañaba.

En las tinieblas de esa misma noche, Anaconda, que desde horas atrás nadaba entre los embalsados sorbiendo ansiosamente sus aguas, lanzó de pronto un grito de triunfo:

Acababa de reconocer en una inmensa balsa a la deriva, el salado sabor de los camalotes del Olidén.

—¡Salvados, hermanos!—exclamó.—¡El Paraguay baja ya con nosotros! ¡Grandes lluvias állá también!

Y la moral de la selva, remontada como por encanto, aclamó a la inundación limítrofe, cuyos camalotes, densos como tierra firme, entraban por fin en el Paraná.

***

El sol iluminó al día siguiente esta epopeya de las dos grandes cuencas aliadas que se vertían en las mismas aguas.

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