isla flotante, encendida al caer la tarde por el reflejo del sol tendido como una barra de metal fulgurante a través del río, y que la acompañaba.
En las tinieblas de esa misma noche, Anaconda, que desde horas atrás nadaba entre los embalsados sorbiendo ansiosamente sus aguas, lanzó de pronto un grito de triunfo:
Acababa de reconocer en una inmensa balsa a la deriva, el salado sabor de los camalotes del Olidén.
—¡Salvados, hermanos!—exclamó.—¡El Paraguay baja ya con nosotros! ¡Grandes lluvias állá también!
Y la moral de la selva, remontada como por encanto, aclamó a la inundación limítrofe, cuyos camalotes, densos como tierra firme, entraban por fin en el Paraná.
El sol iluminó al día siguiente esta epopeya de las dos grandes cuencas aliadas que se vertían en las mismas aguas.