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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/43

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El regreso de Anaconda

bajas, la crecida, cansada y falta del coraje de Jos primeros días, defluía agonizante hacia el interior anegadizo que, como una trampa, la tendía la tierra a su paso.

Más abajo todavía, los grandes embalsados rompíanse aquí y allá, sin fuerzas para vencer los remansos, e iban a gestar en las profundas ensenadas su ensueño de fecundidad. Embriagados por el vaivén y la dulzura del ambiente, los camalotes cedían dóciles a las contracorrientes de la costa, remontaban suavemente el Paraná en dos grandes curvas, y paralizábanse por fin a lo largo de la playa a florecer.

Tampoco el gran boa escapaba a esta fecunda molicie que saturaba la inundación. Iba de un lado a otro en su isla flotante, sin hallar sosiego en parte alguna. Cerca de ella, a su lado casi, el hombre muerto se descomponía. Anaconda aproximábase a cada instante, aspiraba, como en un rincón de selva, el calor de la fermentación, e iba a deslizar por largo trecho el cálido vientre sobre el agua, como en los días de su primavera natal.

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