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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/44

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Horacio Quiroga

Pero no era esa agua ya demaciado fresca el sitio propicio. Bajo la sombra del techo, yacía el mensú muerto. ¿Podía no ser esa muerte más que la resolución final y estéril del ser que ella había velado? ¿Y nada, nada le quedaría de él?

Poco a poco, con la lentitud que ella habría puesto ante un santuario natural, Anaconda fué arrollándose. Y junto al hombre que ella había defendido como a su vida propia; al fecundo calor de su descomposición—póstumo tributo de agradecimiento, que quizá la selva hubiera comprendido,—Anaconda comenzó a poner sus huevos.

***

De hecho, la inundación estaba vencida. Por vastas que fueran las cuencas aliadas, y violentos hubieran sido los diluvios, la pasión de la flora había quemado el brío de la gran crecida. Pasaban aún los camalotes, sin duda; pero la voz de aliento: ¡Paso! ¡Paso!, habíase extinguido totalmente.

Anaconda no soñaba más. Estaba convencida

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