Pero no era esa agua ya demaciado fresca el sitio propicio. Bajo la sombra del techo, yacía el mensú muerto. ¿Podía no ser esa muerte más que la resolución final y estéril del ser que ella había velado? ¿Y nada, nada le quedaría de él?
Poco a poco, con la lentitud que ella habría puesto ante un santuario natural, Anaconda fué arrollándose. Y junto al hombre que ella había defendido como a su vida propia; al fecundo calor de su descomposición—póstumo tributo de agradecimiento, que quizá la selva hubiera comprendido,—Anaconda comenzó a poner sus huevos.
De hecho, la inundación estaba vencida. Por vastas que fueran las cuencas aliadas, y violentos hubieran sido los diluvios, la pasión de la flora había quemado el brío de la gran crecida. Pasaban aún los camalotes, sin duda; pero la voz de aliento: ¡Paso! ¡Paso!, habíase extinguido totalmente.
Anaconda no soñaba más. Estaba convencida