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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/45

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El regreso de Anaconda

del desastre. Sentía, inmediata, la inmensidad en que la inundación iba a diluirse, sin haber cerrado el río. Fiel al calor del hombre, continuaba poniendo sus huevos vitales, propagadores de su especie, sin esperanza alguna para ella misma.

En un infinito de agua fría, ahora, los camalotes se disgregaban, desparramándose por la superficie sin fin. Largas y redondas olas balanceaban sin concierto la selva desgarrada, cuya fauna terrestre, muda y sin oriente, se iba hundiendo aterida en la frialdad del estuario.

Grandes buques—los vencedores,—ahumaban a lo lejos el cielo límpido, y un vaporcito empenachado de blanco curioseaba entre las islas rotas. Más lejos todavía, en la infinitud celeste, Anaconda destacábase erguida sobre su embalsado, y aunque disminuídos por la distancia, sus robustos diez metros llamaron la atención de los curiosos.

—¡Allá!—alzóse de pronto una voz en el vaporcito.—¡En aquel embalsado! ¡Una enorme víbora!

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