—¡Qué monstruo!—gritó otra voz.—¡Y fíjense! ¡Hay un rancho caído! Seguramente ha matado a su habitante.
—¡O lo ha devorado vivo! Estos monstruos no perdonan a nadie. Vamos a vengar al desgraciado con una buena bala.
—¡Por Dios, no nos acerquemos!—clamó el que primero había hablado.—El monstruo debe de estar furioso. Es capaz de lanzarse contra nosotros en cuanto nos vea. ¿Está seguro de su puntería desde aquí?
—Veremos... No cuesta nada probar un primer tiro...
Allá, al sol naciente que doraba el estuario puntillado de verde, Anaconda había visto la lancha con su penacho de vapor. Miraba indiferente hacia aquello, cuando distinguió un pequeño copo de humo en la proa del vaporcito,—y su cabeza golpeó contra los palos del embalsado.
El boa irguióse de nuevo, extrañado. Había sentido un golpecito seco en alguna parte de su cuerpo, tal vez en la cabeza. No se explicaba