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El regreso de Anaconda
cómo. Tenía, sin embargo, la impresión de que algo le había pasado. Sentía el cuerpo dormido, primero; y luego, una tendencia a balancear el cuello, como si las cosas, y no su cabeza, se pusieran a danzar, oscureciéndose.
Vió de pronto ante sus ojos la selva natal en un viviente panorama, pero invertida; y transparentándose sobre ella, la casa sonriente del mensú.
Tengo mucho sueño...—pensó Anaconda, tratando de abrir todavía los ojos. Inmensos y azulados ahora, sus huevos desbordaban del cobertizo y cubrían la balsa entera.
—Debe ser hora de dormir...—murmuró Anaconda. Y pensando deponer suavemente la cabeza a lo largo de sus huevos, la aplastó contra el suelo en el sueño final.
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