de los cuales alcanzamos a conocer nosotros, treinta años después.
Figura a la cabeza de aquéllos un bandolero de un desenfado tan grande en cuestión de vidas humanas, que probaba sus winchesters sobre el primer transeunte. Era correntino, y las costumbres y habla de su patria formaban parte de su carne misma. Llamábase Sidney FitzPatrick, y poseía una cultura superior a la de un egresado de Oxford.
A la misma época pertenece el cacique Pedrito, cuyas indiadas mansas compraron en los obrajes los primeros pantalones. Nadie le había oído a este cacique de faz poco india una palabra en lengua cristiana, hasta el día en que al lado de un hombre que silbaba una aria de Traviata, el cacique prestó un momento atención, diciendo luego en perfecto castellano:
— Traviata... Yo asistí a su estreno en Montevideo, el 59...
Naturalmente, ni aun en las regiones del oro o el caucho abundan tipos de este romántico color. Pero en las primeras avanzadas de la civi-