lización al norte del Iguazú, actuaron algunas figuras nada despreciables, cuando los obrajes y campamentos de yerba del Guayra, se abastecían por medio de grandes lanchones izados durante meses y meses a la sirga contra una corriente de infierno, y hundidos hasta la borda bajo el peso de mencancías averiadas, charques, mulas y hombres, que a su vez tiraban como forzados, y que alguna vez regresaron solos sobre diez tacuaras a la deriva, dejando a la embarcación en el más grande silencio.
De estos primeros mensús formó parte el negro Joao Pedro, uno de los tipos de aquella época que alcanzaron hasta nosotros.
Joao Pedro había désembocado un mediodía del monte con el pantalón arremangado sobre la rodilla, y el grado de general, al frente de 8 o 10 brasileños en el mismo estado que su jefe.
En aquel tiempo—como ahora,—el Brasil desbordaba sobre Misiones, a cada revolución, hordas fugitivas cuyos machetes no siempre concluían de enjugarse en tierra extranjera. Joao Pedro, mísero soldado, debía a su gran cono-