gar dos pesos y la rapadura. No te olvidés de venir a cobrar a fin de mes.
Joao Pedro salió mirándolo de reojo; y cuando a fin de mes fué a cobrar su sueldo, el dueño de la estancia le dijo:
—Tendé la mano, negro, y apretá fuerte.
Y abriendo el cajón de la mesa, le descargó encima el revólver.
Joao Pedro salió corriendo con su patrón detrás que lo tiroteaba, hasta lograr hundirse en una laguna de aguas podridas, donde arrastrándose bajo los camalotes y pajas, pudo alcanzar un tacurú que se alzaba en el centro como un cono.
Guareciéndose tras él, el brasileño esperó, atisbando a su patrón con un ojo.
—No te movás, moreno—le gritó el otro, que había concluído sus municiones.
Joao Pedro no se movió, pues tras él el Iberá borbotaba hasta el infinito. Y cuando asomó de nuevo la nariz, vió a su patrón que regresaba al galope con el wínchester cogido por el medio.
Comenzó entonces para el brasileño una pro-