jo a favor del ambiente ya respirable, Tirafogo había concluído el suyo. Recogía la azada, quitaba un pucho de su sombrero, y se retiraba fumando y satisfecho.
—¡Eu gosto decía de poner os yuyos pés arriba ao sol!
En la época en que yo llegué allá, solíamos hallar al paso a un negro muy viejo y flaquísimo, que caminaba con dificultad y saludaba siempre con un trémulo "Bon día, patrón" quitándose humildemente el sombrero ante cualquiera.
Era Joao Pedro.
Vivía en un rancho, lo más pequeño y lamentable que puede verse en el género, aun en un país de obrajes, al borde de un terrenito anegadizo de propiedad ajena. Todas las primaveras sembraba un poco de arroz que todos los veranos perdía,—y las cuatro mandiocas indispensables para subsistir, y cuyo cuidado le llevaba todo el año, arrastrando las piernas.
Sus fuerzas no daban para más.
En el mismo tiempo, Tirafogo no carpía más para los vecinos. Aceptaba todavía algún tra-