Llevábamos ocho metros de hondura en ese pozo, cuando un atardecer mi hermano, después de concluir una mina en el fondo, prendió fuego a la mecha y salió del pozo. Mi hermano había trabajado solo esa tarde, porque el milanés andaba paseando borracho con su gorra y su bastón, y yo estaba en el catre con el chucho.
Al caer el sol fuí a ver el trabajo, muerto de frío, y en ese momento mi hermano se puso a gritar al milanés que se había subido al cerco y se estaba cortando con los vidrios. Al acercarme al pozo resbalé sobre el montón de escombros, y tuve apenas tiempo de sujetarme en la misma boca; pero el zapatón de cuero, que yo llevaba sin medias y sin tira, se me salió del pie y cayó adentro. Mi hermano no me vió, y bajé a buscar el zapatón. ¿Usted sabe cómo se baja, no? Con las piernas abiertas en las dos paredes del pozo, y las manos para sostenerse. Si hubiera estado más claro, yo habría visto el agujero del barreno y el polvo de piedra al lado. Pero no veía nada, sino allá arriba un redondel claro, y más abajo chispas de luz en la