Bueno; los cinco segundos que estuve esperando que la mina reventara de una vez, me parecieron cinco o seis años, con meses, semanas, días y minutos, bien seguidos unos tras otros.
¿Miedo? ¡Bah! Tenía demasiado que hacer siguiendo con la idea la mecha que estaba llegando a la punta... Miedo, no. Era una cuestión de esperar, nada más; esperar a cada instante: ahora... ahora... Con esto tenía para entretenerme.
Por fin la mina reventó. La dinamita trabaja para abajo; hasta los mensús lo saben. Pero la piedra deshecha salta para arriba, y yo, después de saltar contra la pared y caer de narices, con un silbato de locomotora en cada oído, sentí las piedras que volvían a caer en el fondo. Una sola un poco grande me alcanzó—aquí en la pantorrilla, cosa blanda. Y además, el sacudón de costados, los gases podridos de la mina, y, sobre todo, la cabeza hinchada de picoteos y silbidos, no me dejaron sentir mucho las pedradas. Yo no he visto un milagro nunca, y menos al lado de una mina de dinamita. Sin embar-