go, salí vivo. Mi hermano bajó en seguida, pude subir con las rodillas flojas, y nos fuimos en seguida a emborracharnos por dos días seguidos.
Esta fué la primera vez que me escapé. La segunda fué también en un pozo que había contratado solo. Yo estaba en el fondo, limpiando los escombros de una mina que había reventado la tarde anterior. Allá arriba, mi ayudante subía y volcaba los cascotes. Era un guayno paraguayo, flaco y amarillo como un esqueleto, que tenía el blanco de los ojos casi azul, y no hablaba casi nada. Cada tres días tenía el chucho.
Al final de la limpiada, sujeté a la soga por encima del balde la pala y el pico, y el muchacho izó las herramientas que, como acabo de decirle, estaban pasadas por un falso nudo. Siempre se hace así, y no hay cuidado de que se salgan, mientras el que iza no sea un bugre como mi peón.
El caso es que cuando el balde llegó arriba, en vez de agarrar la soga por encima de las herramientas para tirar afuera, el infeliz aga-