rró el balde. El nudo se aflojó, y el muchacho no tuvo tiempo más que para sujetar la pala.
Bueno; pare la oreja al tamaño del pozo: tenía en ese momento catorce metros de hondura, y sólo un metro o uno y veinte de ancho. La piedra mora no es cuestión de broma para perder el tiempo haciendo barrancos, y, además, cuanto más angosto es el pozo, es más fácil subir y bajar por las paredes.
El pozo, pues, era como un caño de escopeta; y yo estaba abajo en una punta mirando para arriba, cuando vi venir el pico por la otra.
¡Bah! Una vez el milanés pisó en falso y me mandó abajo una piedra de veinte kilos. Pero el pozo era playo todavía, y la vi venir a plomo. Al pico lo vi venir también, pero venía dando vueltas, rebotando de pared a pared, y era más fácil considerarse ya difunto con doce pulgadas de fierro dentro de la cabeza, que adivinar dónde iba a caer.
Al principio comencé a cuerpearlo, con la boca abierta fija en el pico. Después vi en seguida que era inútil, y me pegué entonces contra la pa-