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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/80

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Horacio Quiroga

red, como un muerto, bien quieto y estirado como si ya estuviera muerto, mientras el pico venía como un loco dando tumbos, y las piedras caían como lluvia.

Bueno; pegó por última vez a una pulgada de mi cabeza y saltó de lado contra la otra pared; y allí se esquinó, en el piso. Subí entonces, sin enojo contra el bugre que, más amarillo que nunca, había ido al fondo con la barriga en la mano. Yo no estaba enojado con el guayno, porque me consideraba bastante feliz saliendo vívo del pozo como un gusano, con la cabeza llena de arena. Esa tarde y la mañana siguiente no trabajé, pues lo pasamos borrachos con el milanés.

Esta fué la segunda vez que me escapé de la muerte, y las dos dentro de un pozo. La tercera vez fué al aire libre, en una cantera de lajas como ésta, y hacía un sol que rajaba la tierra.

Esta vez no tuve tanta suerte... ¡Bah! Soy duro. El brasileño―le dije al principio que él tuvo la culpa―no había probado nunca su pólvora. Esto lo vi después del experimento. Pero

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