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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/82

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Horacio Quiroga

barreno, comencé a atacarlo. Usted sabe que aquí usamos para esto la tierra de los tacurús, que es muy seca. Comencé, pues, de rodillas a dar mazazos, mientras el brasileño, parado a mi lado, se secaba el sudor, y los otros esperaban.

Bueno; al tercer o cuarto golpe sentí en la mano el rebote de la mina que reventaba, y no sentí nada más porque caí a dos metros desmayado.

Cuando volví en mí, no podía ni mover un dedo, pero oía bien. Y por lo que decían, me di cuenta de que todavía estaba al lado de la mina, y que en la cara no tenía más que sangre y carne deshecha. Y oí a uno que decía: ―"Lo que es éste, se fué del otro lado".

¡Bah!... Soy duro. Estuve dos meses entre si perdía o no el ojo, y al fin me lo sacaron. Y quedé bien, ya ve. Nunca más volví a ver al brasileño, porque pasó el río la misma noche; no había recibido ninguna herida. Todo fué para mí, y él era el que había inventado la pólvora.

—Ya ve—concluyó por fin levantándose y se-

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