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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/84

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Horacio Quiroga

chalanas y gaubirobas que remontan el río fielmente adheridas a la costa, raspaban con las palas el fondo pedregoso de las restingas, un kilómetro río adentro.

Para una canoa los escollos descubiertos no ofrecen peligro alguno, aun de noche. Pueden ofrecerlo, en cambio, los bajofondos disimulados en la misma canal, pues ellos son por lo común cúspides de cerros a pico, a cuyo alrededor la profunda sima del agua no da fondo a 70 metros. Si la canoa encalla en una de esas cumbres sumergidas, no hay modo de arrancarla de allí; girará horas enteras sobre la proa o la popa, o más habitualmente sobre su mismo centro.

Por la extrema liviandad de mi canoa yo estaba apenas expuesto a este percance. Tranquilo, pues, descendía sobre las aguas negras, cuando un inusitado pestañear de faroles de viento hacia la playa de Itahú, llamó mi atención.

A tal hora de una noche lóbrega, el Alto Paraná, su bosque y su río son una sola mancha de tinta donde nada se ve. El remero se orien-

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