—Hiciste trampa de nuevo; da las cartas otra vez.
Disculpas efusivas del mestizo, y nueva reincidencia. Con igual calma, don Juan le advirtió:
—Has vuelto a hacer trampa; da las cartas de nuevo.
Cierta noche, durante una partida de ajedrez, se le cayó a don Juan el revólver, y el tiro partió. Brown recogió su revólver sin decir una palabra y prosiguió jugando, ante los bulliciosos comentarios de los contertulios, cada uno de los cuales, por lo menos, creía haber recibido la bala. Sólo al final se supo que quien la había recibido en una pierna, era el mismo don Juan.
Brown vivía solo en Tacuara-Mansión (así llamada porque estaba en verdad construída de caña tacuara, y por otro malicioso motivo). Servíale de cocinero un húngaro de mirada muy dura y abierta, y que parecía echar las palabras en explosiones a través de los dientes. Veneraba a don Juan, el cual, por su parte, apenas le dirigía la palabra.
Final de este carácter: Muchos años después