—La amo con pasión... y la odio.
—Vejeces, Potughine, futesas.
—Pues bien, esa es la gran desgracia; no le espante á V. eso. ¡Una futesa! Conozco muchas futesas excelentes. «Orden y libertad », he ahí una futesa inmortal. ¿Acaso prefiriría usted la que está en boga entre nosotros: «Jerarquía y desorden?» Y además, ¿acaso todas esas frases que embriagan á tantas cabezas jóvenes, la despreciable burguesía, la soberanía del pueblo, el derecho al trabajo, no son igualmente fútiles? En cuanto al amor, inseparable del odio....
—¡Escuela de Byron—exclamó Litvinof—romanticismo de 1830!
—Se equivoca V.: el primero que estableció esta mezcla de contingentes fué Catulo, el poeta romano Catulo, porque conozco un poco el latín, á consecuencia de mi procedencia clerical. Sí, adoro y odio á mi Rusia, mi sorprendente, grande, abominable y querida patria. Acabo de abandonarla; tenía que refrescarme un poco después de haber estado doce años sentado detrás de una mesa; he abandonado la Rusia y me encuentro aquí muy agra-