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Página:Humo (1891).pdf/107

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por iván turguenef

—Debe ser una condesa rusa—añadió el criado.

—¿Por qué lo supone V.?

—Me ha dado dos florines.

Litvinof le despidió, permaneciendo después mucho tiempo delante de la ventana pensando; por fin hizo un gesto de impaciencia y volvió á coger la carta de la aldea. En ella su padre se extendía en sus acostumbradas lamentaciones; le aseguraba que el trigo no se vendía á ningún precio; que los aldeanos no obedecían á nadie, y que, por lo visto, se acercaba el fin del mundo. «Figúrate, le decía entre otras cosas, que han embrujado á mi último cochero. De fijo se hubiese muerto si algunas almas buenas no me hubiesen aconsejado que lo enviase á Rezan, á casa de un sacerdote, conocido por la eficacia de sus remedios contra el mal de ojo. La curación ha sido completa, en prueba de lo cual te incluyo la carta del sacerdote». Litvinof la leyó con curiosidad. Estaba concebida en los siguientes términos: «Nicanor Dmitrief ha sido atacado de una enfermedad, contra la cual los médicos no poseen remedio alguno; personas